CRÓNICA POR ENTREGAS

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martes, 28 de septiembre de 2010

8- Pedagogía I

Es probable que algunos lectores desprevenidos se hayan acercado a estas páginas en la creencia de que era éste un libro de autoayuda onda "Cómo sobrevivir al hijo de tu novia" o "Las siete reglas de la Sabiduría Zen para encarar a una separada con hijos". En ese caso, este capítulo resultará absolutamente inútil, pues es de suponer que hace rato que dichos lectores abandonaron decepcionados la lectura del mismo.

No obstante, a aquellos que todavía siguen allí, frente a esta frase, seguramente les serán de utilidad estos modestos consejitos pedagógicos extraídos de mi experiencia.

Cómo ejercitar a un niño en Matemáticas
Seguir de cerca las andanzas escolares de Ariel me permitió comprobar el alarmante descenso producido en el nivel de la educación argentina. Me resultaba increíble ver cómo Ariel transitaba victorioso la escuela primaria sin manejar ciertas nociones básicas cuyo desconocimiento, en mi época (es decir, sólo un par de décadas atrás) hubiera decretado lisa y llanamente, la obligación de repetir el año.

Por ejemplo, cuando yo iba a primer grado, el que al final del año no sabía sumar y restar a la perfección no podía pasar a segundo. Y cuando iba a segundo, el que al final del año no sabía las tablas de multiplicar a la perfección no pasaba a tercero. Pues bien, Ariel iba a segundo, tenía excelentes notas, y sin embargo preguntarle cuánto era 6 por 7 equivalía casi a pedirle que resolviera complejas ecuaciones algebraicas. Obvio es decirlo, insistir en la necesidad de que aprendiera las tablas chocaba con el sentido común: ¿cómo íbamos a ser tan desconsiderados de exigirle algo que la escuela no le exigía?

De modo que había que hacer un trabajo sumamente discreto, casi digno de un espía, para que Ariel no advirtiera la velada intencionalidad que encerraban ciertos actos. Y para ello, nada mejor que apelar al juego. Eso sí, con la debida prudencia, porque los juegos podrán servir para muchas cosas, pero antes que nada, son eso: juegos. Y tampoco es cuestión de confundir los tantos y caer en el fundamentalismo didáctico.

A Ariel le encantaban los juegos de mesa. Pues bien, el primer paso fue una etapa intensiva de escobas de 15. Como mi paciencia es amplia pero no infinita, para que los partidos no resultaran tan aburridos y previsibles, propuse hacerle algunas variaciones al juego y así fue como nació la escoba del 17. Luego llegó la del 19, la del 21, y así sucesivamente, hasta que terminamos una tarde jugando una delirante (y desesperante) escoba del 45. A los que desconfían de la eficacia de este método, sólo les digo una cosa: imagínense con tres cartas en la mano y veinte sobre la mesa calculando cómo hacer para que la suma de algunas de ellas dé exactamente 45, y después me cuentan.

A esa etapa. siguió otra de jugar exhaustivamente al "Estanciero". Semanas enteras manejando billetes de distinto valor, comprando provincias y monopolizando compañías contribuyeron a hacer de Ariel un individuo dotado de gran rapidez para sumar y restar. (Claro, el problema es que también contribuyeron a hacer de él un sujeto extremadamente hábil para entablar negociaciones abusivas con sus deudores, o sea su madre y yo). Sin darse cuenta de la intensiva ejercitación a la que él mismo se sometía con todo gusto, logró firmes avances en el dominio de la aritmética.
Ariel es hoy en día una persona con notable facilidad para realizar operaciones matemáticas mentales. También, claro, es un tipo que adora jugar a las cartas y detesta perder. Pero bueno, atendiendo a la eficacia de la estrategia desarrollada, creo que bien puede perdonársenos este efecto colateral.

Cómo ejercitar a un niño en el uso del diccionario
No nos engañemos: incluso hasta para muchos adultos, la palabra "diccionario" tiene temibles resonancias escolares, que lo transforman en un libro que se halla presente en casi todas las casas donde hay libros, pero que muy pocos se atreven a leer, temerosos quizás de que al tomarlo en sus manos surja del mismo alguna especie de bacteria mortal o monstruo de celulosa y tinta que acabe con sus vidas o, al menos, con su tranquilidad mental.

En tal sentido, creo que si a un chico se le dijera "Tomá toda la sopa o te hago leer el diccionario", el aterrorizado infante no lo dudaría un sólo segundo: se tragaría hasta el último sorbo del caldo más repugnante con tal de no verse envuelto en el temible tormento lexicográfico.

CONTINUARÁ
Próximo capítulo: Pedagogía I (2da parte)

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