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jueves, 23 de septiembre de 2010

Día del Padre. ¿Y ahora qué hacemos? (2da parte)

He aquí la frustrante lista de posibles rótulos.

# Padrastro: Será muy clásico y tradicional, pero es sencillamente horrendo. Me hace acordar a la madrastra de Cenicienta. Y ya se sabe lo mala que era la madrastra de Cenicienta.

# Segundo padre: Obedece en principio a un criterio meramente cronológico y no a razones afectivas, lo cual puede llegar a generar equívocos. ¿Y si el chico termina queriendo más al segundo que al primero, por qué condenar al preferido al rol de "segundo"? Ademas, bien podría suceder que la madre del niño, no conforme con haber sobrevivido a la ruptura de dos parejas, se lanzara a concretar una tercera e incluso una cuarta, en cuyo caso parecería que el chico numera a sus sucesivos padres para no confundirlos entre sí. (Ej: "hoy es el cumpleaños de Papá 2, así que Papá 4 me llevó en auto hasta su casa. Cuando llegué, Papá 2 me dijo que Papá 3 había llamado para confirmar que a las 6 me iba a pasar a buscar para llevarme a la práctica de fútbol. Ojalá se quede a verme jugar, como hacia Papá 1 cuando vivía con nosotros ...").

# Neopadre: Horrible. Antes que nada, suena parecido a "neoprene", y "neoprene" me conduce inevitablemente a pensar en un traje de buzo. ¿Y cómo se puede tener respeto a un padre que llega del trabajo vistiendo patas de rana?

# Padre en el cariño: Terrible. Es quizás uno de los más acertados desde el punto de vista conceptual, pero suena como si uno se hubiese muerto.

# Padre en el corazón: Ídem al anterior. Y encima, bastante cursi.

# Cuasipadre: Término de resonancias leguleyas. Muy poco feliz; da la sensación de que uno está incompleto, como si le faltaran algunas aptitudes para llegar a merecer el título de padre. Es como si dijeran: "quiere ser padre y no lo es, pero algún valor le vamos a reconocer, pobre".

# Padre bis: Da idea de algo agregado a posteriori para enmendar una omisión. Además, por asociación de ideas, me lleva a pensar en el artículo 14 bis de la Constitución, y ya se sabe que no hay texto jurídico que provoque más carcajadas que el artículo 14 bis de la Constitución.

# Padroide: Deplorable. Suena a romboide y trapezoide. Da la idea de que uno tiene "forma" de padre pero que, por alguna razón, no llega a serlo. Suena a deformoide.

# Padre sustituto: De ninguna manera. Quedamos en que aquí no era cuestión de andar reemplazando a nadie, ¿o no?

# Padre postizo: Horrible. Lo postizo, así como se pone, se saca. ¿Se imaginan un padre temporariamente guardado en un vaso con agua como las dentaduras?

# Figura paterna subsidiaria emergente de la nueva relación afectiva encarada por la mujer después de una ruptura conyugal: La exactitud se lleva a las patadas con la practicidad. Andá a enseñarle a un chico a que aprenda a decir todo eso... No es razonable tener que darle clases de psicología a un niño sólo para que aprenda cómo tiene que llamar a ese señor que lo lleva a jugar al parque. Podría resumírselo en la fórmula "figura paterna subsidiaria", pero aún así sigue siendo incómodo. Habría que utilizar la sigla FPS, con lo cual podría ocurrir que el niño se confunda todavía más y piense que su madre se ha afiliado al Frente Popular Socialista, que se ha asociado a la Federación Provincial de Sóftbol, o que ha empezado a militar en la Fundación para la Preservación de las Sardinas.

# Padre putativo: Seamos francos, ¿quién podría culminar su paso por las aulas con la autoestima indemne estando condenado a decirle a sus compañeros "soy un hijo putativo"?

Ariel, por su parte, también hizo sus esfuerzos por encontrar el término adecuado para designarme.

En aquellos días, cuando íbamos al parque yo intentaba inculcarle algunas nociones futbolísticas. Nada del otro mundo: cómo pegarle a la pelota con chanfle, cómo cabecear de pique al suelo para complicar al arquero, cosas así. Pues bien, creer o reventar, Ariel halló en esas elementales disquisiciones teóricas de mi parte un excelente recurso para tratar de solucionar el problema de los rótulos: de ahí en adelante, yo sería su DT. Así se lo comunicó a su madre cuando volvimos esa tarde; y lo mismo hizo con sus amiguitos del barrio. Un auténtico logro de la típica practicidad infantil: que yo fuera su DT implicaba establecer entre ambos un sistema de jerarquías y reconocerme en el mismo un grado superior, un sitial desde el cual yo administraría consejos, dirección, premios y -quizás- castigos. Es decir, lo mismo que hace un padre.

Como invento para adaptarse a las circunstancias, era excelente. El problema era que esa practicidad que existía a nivel interno, se perdía en función del resto de la sociedad. Es fácil imaginar la cara de estupor que pondrían las madres de los amigos de Ariel cuando me presentara en sus casas y les dijera, "Qué tal, soy el Director Técnico de Ariel; vengo a buscarlo".

Quizás a causa de esa inconveniencia de orden social, lo del Director Técnico duró poco. Si bien nunca fui oficialmente despedido del cargo, tampoco volví a ser llamado para ejercerlo.

En reemplazo de este efímero rótulo, apareció una curiosa denominación de origen gastronómico. Ariel era (es) fanático de las papas fritas. Pues bien, una noche, mientras Marcela preparaba una abundante dotación de ellas (con sus correspondientes milanesas, claro está), Ariel se puso a repetir "papa frita, papa frita" en voz desusadamente alta y con una entonación algo extraña. Quizás influenciado por una película de terror que habíamos visto la noche anterior en la tele, primero pensé alarmado que estaba siendo víctima de una posesión diabólica (¿el espíritu de los tubérculos malignos?). Luego, al dirigir mis ojos hacia él, comprendí que, en realidad, me estaba hablando a mí. Sin embargo, contra lo que pudiera pensarse a primera vista, no me estaba agrediendo. Muy por el contrario, detrás de ese aparente ataque verbal, asomaba un gesto de cariño. La clave para descifrar el mensaje estaba en esa entonación extraña: si uno escuchaba con atención, era posible descubrir que, en realidad, lo que Ariel me estaba diciendo era: "papá...frita". Era un ensayo: estaba probando cómo sonaba decirme papá.

Lo de la papa frita se repitió un par de veces más y luego cayó rápidamente en desuso. Ariel volvió a llamarme por mi nombre como siempre, y sus preocupaciones al respecto parecieron desaparecer. Al menos, no volvió a exponerlas en público.

Un domingo Marcela me pidió que fuera al parque a buscarlo porque ya estaba oscureciendo. Me encaminé hacia el sitio donde los chicos de la cuadra solían armar sus picaditos, lo identifiqué en medio del enjambre de infantes que corría detrás de la pelota y le pegué el grito desde lejos. Fue entonces cuando escuché azorado cómo Ariel, al verme aparecer, les explicaba a sus compañeros de juego: "Uh, me tengo que ir; ahí viene mi viejo".

CONTINUARÁ
Próximo capítulo: Pedagogía I

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