CRÓNICA POR ENTREGAS

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martes, 5 de octubre de 2010

9- De la chancleta como instrumento de catarsis

Es común que las madres se alarmen ante el tenor agresivo de determinados juegos compartidos por los padres y sus hijos varones. Los consideran exagerada e innecesariamente violentos y, por supuesto, dan por sentado que el irresponsable que genera esos excesos es el grandulón del padre, que parece no comprender que la brusquedad de estas acciones pone en riesgo la integridad física del chico.

Lo que el celo materno suele obviar en estos casos es que tales actividades son instancias importantísimas, decisivas en el crecimiento de todo varón.

Aclaremos bien este punto, no sea cosa que me cataloguen de cavernícola. No estoy adoptando ninguna postura machista, ni nada que se le parezca. A esta altura, metidos de lleno en pleno siglo XXI, creo que ninguna persona que se precie de lúcida puede afirmar con fundamentos válidos que un hombre es menos hombre por demostrarle ternura a su hijo. ¿Quién puede, hoy por hoy, sostener razonablemente que las manifestaciones directas de afecto son tarea exclusiva de las madres? A lo que me refiero es a que, aún en nuestros días, para el hijo varón el padre continúa siendo, en una serie de aspectos, el referente natural a imitar y superar (¿resabios ancestrales arrastrados desde la tribu?). El hijo varón se esfuerza por ser más alto, más fuerte, más hábil, más veloz que su padre. Y en esa carrera hacia la superación de aquel a quien imita, se hace necesario para el niño (está bien, señoras, lo acepto: para algunos padres inmaduros también) ir confrontando, ir midiendo fuerzas para saber en qué punto del camino se halla. Así es como, paralelamente al compañerismo que pueda desarrollarse entre padre e hijo, se genera también entre ambos una especie de competencia de la que las madres quedan excluidas.

Esta competencia puede adoptar formas diversas, desde las más inocentes e indirectas (correr carreras, ver quién tira más lejos una piedra) hasta otras más violentas y directas (pulseadas, boxeo, lucha grecorromana, sumo, kick-boxing o esgrima con florete).

Todo este largo introito viene a cuento para explicar que, como es de imaginar, mi relación con Ariel no estuvo exenta de este tipo de juegos.

No soy precisamente lo que se dice un deportista nato. (La naturaleza me ha bendecido con el cuerpo de un Adonis pero mis músculos son sumamente introvertidos). Mi apariencia, por lo tanto, está más próxima a la de un aficionado al ajedrez que a la de un rugbier capaz de hercúleas proezas. Por ese motivo -o quizás por la inclaudicable cara de buenudo que siempre me ha acompañado en la vida- supongo que nadie que me vea podría considerarme un individuo difícil de superar en fuerza o habilidad física. De modo que, a fines de salvar mi honor de adulto en aquel torneo paterno-filial de virilidad, tuve que echar mano a dos recursos elementales: hacer valer la respetable diferencia de altura que me separaba de Ariel, y sacar provecho de esa inocente suposición que lleva a todo chico a creer que su padre es algo así como un superhéroe invencible (inocente suposición ésta que dura hasta que el niñito llega a la adolescencia y uno pasa, sin escalas, de ser Superman a ser considerado Homero Simpson).

Como todo padre e hijo, entonces, también Ariel y yo jugamos a ver quién pateaba más lejos la pelota y practicamos carreras y pulseadas. Pero nuestra competencia preferida era, sin lugar a dudas, la guerra de chancletas.

CONTINUARÁ
Próximo capítulo: De la chancleta como instrumento de catarsis (2da parte)

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