CRÓNICA POR ENTREGAS

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(DESPUÉS DE LAS 21 HS.)

jueves, 7 de octubre de 2010

De la chancleta como instrumento de catarsis (2da parte)

Nuestra guerra de chancletas era una práctica que llevábamos a cabo con bastante frecuencia, generalmente a la hora de la siesta. Todo comenzaba cuando nos trenzábamos en feroces luchas cuerpo a cuerpo, que tenían lugar sobre una cama, sobre un sofá o directamente sobre el suelo. Quien se escandalice pensando que había allí una enorme desproporción entre ambos contendientes está en lo cierto: la víctima de esa tremenda desigualdad era yo. Porque yo me limitaba a inmovilizar las extremidades de mi adversario para que no me pegara; en cambio Ariel utilizaba contra mí la más variada gama de tomas y golpes aprendidos en las películas de artes marciales que solía ver en la tele. (Oh, injusticias de la vida; lo que las madres en su enojo frente a este tipo de juegos suelen pasar por alto es que el adulto se obliga a regular su fuerza para no lastimar al niño... ¡pero el niño no! ¡El pequeñín golpea al padre como si estuviera en disputa el campeonato del mundo!).

Al cabo de unos minutos, mi cansado cuerpo pedía un respiro. Maltrecho y resollando, solicitaba una tregua que, por supuesto, Ariel se negaba invariablemente a concederme. Muy por el contrario, era justo en esos momentos cuando mi infatigable contrincante aprovechaba para intensificar sus ataques. No me quedaba otro remedio, entonces, que tomar una de mis contundentes chinelas (calzo 45) y asestarle un planazo en la cola para sacarme de encima a la garrapata golpeadora. Obvio es decirlo, mi adversario tomaba la otra chinela y así comenzaba un fragoroso duelo criollo, que habrá carecido tal vez de ese costado heroico que tanto admiraba Borges (sinceramente, no me imagino al "Hombre de la esquina rosada" empuñando con gesto fiero una ojota de gomaespuma), pero al que, sin lugar a dudas, no le faltaban emoción y vehemencia.

Dejo librada a los psicólogos la tarea de desentrañar si la guerra de chancletas le permitía a Ariel cumplir sólo esa instancia de medición de fuerzas de la que he hablado al principio de este capítulo, o si, teniendo en cuenta el desdoblamiento que había sufrido frente a él la figura paterna, el juego le suministraba además, como elemento complementario, la posibilidad de descargar su hostilidad acumulada, fuera ésta contra mí, contra el padre lejano, o contra la vida en general. La verdad, no importa demasiado determinar cuál era el auténtico destinatario de sus golpes: a los efectos prácticos, puedo asegurar que yo cobraba por todos juntos.

En lo que a mí respecta, esos arduos combates eran una excelente
terapia para liberar tensiones, mucho más económica y divertida que ir a un gimnasio. Es más, a veces pienso que nuestro planeta sería un sitio mucho más saludable si todos canalizáramos nuestras tendencias agresivas batiéndonos a duelo de chancletas con cierta asiduidad.

Creo que la última vez que tuvimos una guerra, Ariel tenía ya 12 años. No es que nos hayamos planteado explícitamente que ésa sería la última. Es más, tampoco guardo en mi memoria ningún detalle de ella que me permita diferenciarla de las anteriores. No sé, supongo que en algún momento habré sentido que los chancletazos de Ariel empezaban a dolerme en serio. O quizás Ariel comenzó a percibir que yo ya no era tan difícil de vencer.

Después de todo, en esa competencia de la que he venido hablando, no hay para el hijo varón momento de mayor vértigo que aquél en que comprueba que, efectivamente, se ha vuelto más fuerte, más alto, más hábil, más veloz que su padre.

CONTINUARÁ
Próximo capítulo: De la cigüeña al Kama-Sutra

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