CRÓNICA POR ENTREGAS

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jueves, 14 de octubre de 2010

De la cigüeña al Kama-Sutra (2da parte)

El primer acercamiento al tema, sin embargo, (y mi primera prueba de fuego) se resolvió sin necesidad de explicación alguna. Todo empezó cuando, a partir de ciertos gestos y comentarios, descubrí en Ariel una curiosidad recurrente -aunque nunca del todo explícita- por saber qué escondía yo debajo de mis calzoncillos. Cualquiera sabe que esa curiosidad constituye una etapa necesaria dentro del proceso evolutivo de todo niño. Eso no impidió que yo me pasara toda una semana evaluando con neurótica preocupación cuál sería la forma más adecuada de satisfacer su interés. Esto quiere decir: me pasé toda una semana evaluando cómo ser simple sin ser simplista, cómo ser directo sin ser grosero y cómo actuar con naturalidad careciendo de ella. La solución, por supuesto, terminó siendo mucho más sencilla de lo previsto y fue producto de un rapto de inspiración. Una mañana, en casa de Marcela, entré al baño y, un segundo después, Ariel golpeó la puerta diciéndome que necesitaba imperiosamente su peine. Fue entonces cuando la brillante idea cruzó mi mente como una revelación luminosa: en vez de alcanzárselo o de decirle que esperara un minuto, le dije "bueno, pasá". Entonces Ariel se metió en el baño mientras yo orinaba, satisfizo su curiosidad viendo lo que tenía que ver ("¿y esto era todo?", habrá pensado, pobre), tomó su peine y se fue. El transcurso de los días siguientes me permitió comprobar que no me había equivocado, ni en mi percepción de los hechos, ni en la resolución elegida: a partir del episodio del baño, el interés de Ariel por el secreto oculto en mi entrepierna se desvaneció por completo. Mi amiga Lorena nunca se enteró de este episodio, pero yo supuse que habría estado orgullosa de mi actitud.

Envalentonado por el éxito obtenido, me sentí mejor dispuesto para afrontar lo que viniera. Hubo un par de situaciones propicias en que pensé que el momento había al fin llegado. Primero fue un comentario de Ariel sobre la noticia de una alumna a la que habían expulsado de un colegio por haber quedado embarazada; días más tarde. un chiste de los llamados "verdes" que le había contado un compañero de la escuela. Pero la cosa no pasó a mayores, puesto que, en ambos casos, Ariel se desinteresó del tema de inmediato.

Un domingo a la tarde volvíamos de jugar a la pelota en el parque. Veníamos charlando de vaya a saber qué cosa, cuando pasamos frente a una pared desde la cual un enorme y colorido afiche publicitario captaba la atención hasta del transeúnte más distraído. Ariel lo miró sin mayor detenimiento y, con una frescura rayana en la alevosía, me descerrajó a quemarropa una frase inmortal:

-Mirá, esa es la marca de preservativos que usás vos.

Tratando de asimilar el imprevisto cross a la mandíbula, puse mi mejor cara de póker y me limité a asentir con un flemático "ajá", digno del Príncipe Carlos (y bueno, ya que carecía de la naturalidad que reclamaba Lorena, al menos tenía que disimular su falta). Después, reprimiendo toda manifestación externa del terror inconmensurable que me generaba la posible respuesta, le pregunté, casi como al descuido: "¿Y vos cómo sabés?". Ariel me miró con suprema indulgencia y explicó: "¿vos te creés que yo no sé dónde guardan ustedes las cajitas?".

Desde entonces, debí acostumbrarme al hecho de que Ariel me formulara, sobre el tema del sexo, las preguntas más incisivas que uno se pueda esperar de parte de un niño. Y como -por convicción filosófica, no por carácter- siempre me mostré dispuesto a contestar sus inquietudes frontalmente y sin escandalizarme, la sexualidad jamás fue para él un tema difícil de tratar, ni conmigo ni con su madre (con la que, por suerte, compartíamos esta filosofía docente; caso contrario, quizás me hubiese denunciado por corrupción "intelectual" de menores a la primera de cambio).

Con la tranquilidad de saber que no existía censura alguna, Ariel fue perfeccionando la hondura de sus requerimientos. A tal punto, que, en cuestión de años, nuestras charlas sobre sexo llegarían a ser casi una versión oral del Kama-Sutra. Prescindiendo de toda falsa modestia, debo decir que el hecho de que un individuo tan vergonzoso como yo haya contribuido a hacer de Ariel una persona tan desinhibida respecto de los temas del cuerpo, es uno de los mejores legados que he podido dejarle.

"Lo bueno de hablar con vos", me diría años más tarde, cuando ya estaba
en la secundaria, "es que uno te puede preguntar cualquier cosa, que total vos no te enojás". Jamás podré olvidar, claro, el preciso momento que precedió a ese comentario tan halagador: acabábamos de entrar a un kiosco para comprar una gaseosa y el muy caradura no tuvo mejor idea que continuar la conversación que veníamos trayendo haciéndome una de las preguntas más inoportunas que me hayan formulado en toda mi vida: "Pero, al final, ¿qué da más placer: el sexo oral o el sexo anal?".

Sentí que mil dagas incandescentes me atravesaban de lado a lado, pero me mantuve impertérrito como una esfinge y guardé silencio. Sin emitir ni una mísera interjección, pagué la gaseosa y salimos del local como si nada singular hubiese sucedido.

Eso sí, la mirada de espanto que me infligió la dueña del kiosco mientras me entregaba la botella suele perseguirme aún hoy, en algunas de mis peores pesadillas.

CONTINUARÁ
Próximo capítulo: El viajar es un placer

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