CRÓNICA POR ENTREGAS

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jueves, 21 de octubre de 2010

El viajar es un placer (2da parte)

Durante nuestra semana de estadía en el lugar caminamos, comimos, paseamos, comimos, fuimos a la playa, comimos, respiramos aire serrano, comimos, hicimos excursiones, comimos, sacamos muchas fotos, comimos, miramos artesanías, comimos, descansamos y comimos. En los ratos libres, comíamos.

Ariel estaba encantado. Era la primera vez que tenía a un adulto de sexo masculino disponible tiempo completo para que lo acompañara en sus juegos y andanzas. Ya sé, no es que uno no pueda pasarla bien con su madre, pero entiéndase el concepto: ¿qué heroico sentimiento de orgullo puede generar en un niño la eventualidad de aplastar por 7 a 0 a su mamá en un partido de metegol? De modo que Ariel se las ingenió para exprimirme al máximo: corrimos carreras, nadamos, jugamos a la pelota, al tejo, al pool, y hasta se dio el gusto de cometer parricidio virtual asesinándome 493 veces en el Street Fighter. Las circunstancias impidieron, eso sí, que lleváramos adelante nuestras clásicas guerras de chancletas. Primero, porque no podíamos correr el riesgo de romper los muebles de la habitación en el fragor de la lucha. Segundo y principal, piénsese qué deleznable imagen podrían haber tenido de mí los otros huéspedes de la hostería si hubiesen escuchado a Ariel exclamando con su habitual histrionismo "maldito, no me pegues más con tu sucia chinela".

De todos modos, en nuestros juegos acuáticos encontré un sustituto ideal de nuestras guerras chancletísticas. Todo ocurrió de manera casual: estábamos en el río y Ariel intentaba treparse a mi cabeza (todo indica que con la nada sutil intención de colocarla por debajo de la línea de flotación). Llevando a cabo ingentes esfuerzos por quitármelo de encima, lo hice caer al agua de espaldas. Entonces aproveché su momentánea indefensión, lo alcé en mis brazos como si fuera a acunarlo (más ajustado a mi sentir del momento sería decir "como si fuera a sacrificarlo en un altar maya") y, después de varios amagues, lo revoleé lo más lejos posible. Cayó como si fuera una bolsa de papas, levantando una considerable ola a su alrededor. Sé que puede sonar exagerado, pero fue algo realmente fantástico, casi una epifanía. Ariel emergió de las aguas chocho de la vida y vino hacia mí en busca de un nuevo vuelo rasante. Yo reiteré la maniobra y comprobé (comprobamos) que la flamante disciplina deportiva -"el lanzamiento de Ariel"- constituía una diversión maravillosa para ambas partes. Es más, ni siquiera debía preocuparme por controlar mis fuerzas como en las luchas y en las guerras de chancletas. Al contrario, mientras más lejos caía Ariel en el río, más felices éramos los dos.

La semana se nos esfumó tan rápidamente como el dinero que habíamos llevado. Después de habernos extasiado con los espléndidos paisajes del lugar, después de haber permanecido felizmente aislados de las noticias del mundo y lejos de la rutina, después de haber sufrido hasta el desgarramiento con los ¿cantantes? y grupos ¿musicales? que se atrevían desenfadadamente a poblar bares, pubs y restaurantes noche tras noche, después de siete días plenos de aquello que los existencialistas llamaban "la vida auténtica", el bolsillo dijo "Game Over" y debimos emprender la retirada.

Por supuesto, lejos estuvimos Marcela y yo de poder disfrutar de una auténtica luna de miel (en el sentido más ortodoxo que suele concederse a esa expresión).

Eso sí, la pasantía resultó todo un éxito.

CONTINUARÁ
Próximo capítulo: Padre, tutor o encargado

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