CRÓNICA POR ENTREGAS

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(DESPUÉS DE LAS 21 HS.)

jueves, 28 de octubre de 2010

Padre, tutor o encargado (2da parte)

Por supuesto, no siempre -más bien diría que casi nunca- tuve la suerte de encontrarme con gente que tuviera esa lógica tan impregnada de practicidad. De manera que, desde los inicios mismos de mi actuación pública como padre de Ariel, debí resignarme a verme envuelto en una larga sucesión de equívocos que me tenían como invariable protagonista.

Tan previsibles se volvieron estos malentendidos, que llegó un punto en que, de antemano, yo podía armar en mi cabeza el futuro desarrollo de la escena, el esperable diálogo de locos que iba a tener lugar apenas abriera la boca.

Caso arquetípico:
(Club del barrio, reunión de padres, organizativa del viaje del equipo infantil de básquet).

-¿Usted cómo se llama?- me preguntaba el coordinador, y yo respondía.

-Pero en esta lista no hay ningún chico con ese apellido- me advertía,
inútilmente.

-Sí, ya lo sé- contestaba- lo que pasa es que...

-Ah, perdón, ¿entonces usted viene por otra cosa?

-No, no, yo vengo por el viaje. Lo que pasa es que...

-Mire que este viaje es solamente para la categoría '83.

-Mi hijo es de la categoría '83. Lo que pasa es que...

-A lo mejor estuvo faltando a los últimos entrenamientos.

-No, no faltó a ninguno. Lo que pasa es que...

-Discúlpeme, pero si su hijo no está incluido en la planilla, es porque, por alguna razón, no está en el plantel que viaja.

-Mi hijo está dentro del plantel que viaja. Lo que pasa es que...

-No puede ser; su hijo no está anotado en la planilla.

-Sí, está anotado; usted lo nombró al principio de la reunión, cuando leyó la lista de los chicos que viajaban.

-Pero si le he dicho que en esta lista no hay ningún chico con ese apellido.

-Es que mi hijo no lleva mi apellido.

-Ah, disculpe, ahora entiendo: no lo tiene reconocido.

-No, no es eso. Lo que pasa es que lleva el apellido del padre.

-Oiga, ¿usted me está cargando? ¿No me dijo que el padre era usted?

-Sí, soy el padre, pero no el padre biológico. Lo que pasa es que...

-Ah, usted es el padre adoptivo.

-Eh, bueno, en cierta forma, sí. Lo que pasa es que...

-¿Cómo en cierta forma? ¿Es o no es?

-No, legalmente no. Lo que pasa es que...

-Mire, señor, yo no tengo toda la tarde. Si usted no es el padre biológico ni el padre adoptivo, ¿qué es?

-Soy el novio de la madre.

-¿El novio de la madre? ¿Y qué hace acá, entonces?

-¿Cómo que qué hago acá? Vengo a enterarme de los detalles del viaje.

-¡Pero si usted no es el padre!

-¿Y eso qué tiene que ver?

-¿Cómo que qué tiene que ver? ¡Esto es una reunión de padres!

-Ya sé, justamente por eso vine. Lo que pasa es que...

-Aaaaah, claro, je je. Hay que hacer buena letra con la madre, ¿eh?

-No, ma' qué buena letra, hombre. Lo que pasa es que...

-Y bueno, maestro, si usted no tiene problema...

-¿Problema en qué?

-Digo, en hacerse cargo del chico. A mí, mi viejo siempre me decía: "vos salí con todas las minas que quieras, pero ni loco te vayas a meter con una separada con hijos..."

(telón)


A la situación descripta se la podría rotular como "Identidad dudosa: ¿quién es este tipo?". Pero había también otra variante de enredos, tal vez no tan frecuente pero igualmente ridícula, que bien podría denominarse "Identidad robada: este tipo no es quien parece ser". Y es que más de una vez me topé con interlocutores que, sabedores de que yo era "el padre de Ariel", me llamaban por su apellido. ¿Hace falta explicar lo enojoso que resulta el hecho de que el resto del mundo le ande endilgando alegremente a uno el apellido del ex de su novia?

Si bien por lo general solía tomarme estas situaciones con humor, a veces resultaba verdaderamente cansador andar dando tantas explicaciones, así que para disminuir -ya que era imposible evitarlas- este tipo de enloquecedoras complicaciones, terminé adoptando un latiguillo que aplicaba cada vez que, en cumplimiento de la encargatria-potestad, me tocaba representar a Ariel: "Mi hijo; bah, en realidad no es mi hijo, es hijo de mi pareja con su ex-marido, pero para mí es como si fuera mi hijo, ¿me entiende?".

Debo confesar, no obstante, que el procedimiento preventivo no fue infalible. Todavía conservo como souvenir algunas facturas comerciales extendidas a favor de una persona inexistente, una especie de Frankenstein mercantil-contable armado con mi nombre de pila y el apellido de Ariel.

CONTINUARÁ
Próximo capítulo: Pedagogía II

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