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martes, 2 de noviembre de 2010

13- Pedagogía II

Cómo inducir a un niño al hábito de la lectura
Abelardo Castillo supo decir en alguna entrevista -un poco en broma, un poco en serio, estimo- que el mejor método para despertar en los niños el interés por la lectura es el siguiente: tomar todos los libros que uno quiere que el niño lea, colocarlos en el estante superior de la biblioteca, lejos de su alcance, y decirle en tono amenazante que por nada del mundo se le vaya a ocurrir leer esos libros que están ahí arriba. Bastará esa sola prohibición para que el chico empiece a tramar cómo acceder a ellos y leerlos sin ser descubierto.

Mal que me pese, creo que Abelardo Castillo estaba pensando en niños de otras épocas al detallar su método. No sé si este recurso sería efectivo en nuestros días. En primer lugar, porque se me hace que, ante el comentario, miles de chicos reaccionarían con alivio. "Menos mal que no tengo que leer todos esos libracos", dirían, y seguirían enfrascados frente a la PC, chateando con sus amigos o jugando al Counter Strike. En segundo lugar, porque ¿en cuántas casas es dable encontrar hoy una biblioteca?

Dicen que "la letra con sangre entra". Aceptemos -sólo a regañadientes- que pueda ser cierto. Lo que sin duda no entra con sangre es el amor por la letra. De nada sirve, por lo tanto, apelar a simpáticas fórmulas de persuasión, del estilo "nene, leé porque si no te reviento". Hay que ser creativos, pacientes y -sobre todo- muy sutiles. Sabido es que, por lo general, basta con que los padres aconsejen algo para que el niño, en defensa de su autodeterminación, decida hacer exactamente lo contrario, no vaya a ocurrir que, por ventura, algún desprevenido (los padres, por ejemplo) pudiera concluir erróneamente que a él se le puede decir lo que tiene que hacer.

A los 9 años, Ariel leía con fluidez y, acostumbrado a estar rodeado de adultos, tenía además un vocabulario bastante más extendido que el de la mayoría de sus amiguitos (sustentado, en parte, en nuestros épicos torneos de insultos). Le encantaban las historietas pero, eso sí, manifestaba una potente fobia hacia enciclopedias, atlas y libros con textos que excedieran las dos páginas de extensión o que no tuvieran dibujitos.

Situado a años luz de esa negación inicial, Ariel es hoy un lector empedernido que no puede conciliar el sueño si previamente no desliza ante sus ojos al menos unas páginas de algún libro.
¿Cómo se produjo esta metamorfosis, qué proceso operó para que tuviera lugar este cambio tan radical? Podría aquí aprovechar la oportunidad para arrogarme los méritos de tan valioso logro y encima venderles la receta mágica, pero mi ética me lo impide. Si he de ser sincero, luego de una intensa actividad reflexiva, frente a esa pregunta sólo puedo arribar a una sesuda respuesta: ¡qué se yo!
Y es que se pueden ensayar diversas hipótesis al respecto, pero mucho me temo que ninguna de ellas basta por sí sola para explicar el actual fervor de Ariel por la lectura. Veamos algunas de ellas:

a) En su casa siempre hubo libros: Obviamente, eso ayuda, pero no es más que un condicionamiento favorable, ni excluyente ni decisivo. Es cierto, los niños que no tienen trato corriente con los libros suelen adoptar frente a ellos -cuando no les queda otro remedio que enfrentarlos- la misma actitud de perplejidad que sus abuelos manifiestan frente a un reproductor de mp3 (y convengamos que el hecho de que los abuelos no sepan cómo encender el reproductor resulta menos patético que ver a un chico revisando una novela para ver por dónde hay que enchufarla). Pero también es cierto que muchas personas no han tenido la posibilidad de contar en su hogar con una nutrida biblioteca y, sin embargo, aman los libros. Por otro lado, conozco también padres frustrados porque sus hijos no quisieron sacarle provecho al invalorable tesoro que tenían al alcance de la mano. Y también sé de personas que colocan libros en los estantes sólo porque hacen juego con la decoración del living, pero esa es otra historia.

b) Siempre nos vio interesados en los libros: Está claro que ninguna recomendación o consejo llegarán a buen puerto si quien los suministra no es el primero en ponerlos en práctica. ¿De qué sirve pedirle a un chico que lea si uno con sus actos manifiesta hacia los libros una postura indiferente, cuando no de rechazo casi supersticioso? En tal sentido, Ariel tuvo siempre muy clara la estrecha relación afectiva que ejercemos Marcela y yo con los libros. No sólo nos veía leer con frecuencia, sino que además asistía como espectador -privilegiado aunque seguramente algo aburrido- a nuestros animados debates sobre literatura y el arte en general. Pienso que ha sido muy saludable para él haber crecido en un ambiente donde hablar de esos temas formaba parte de lo cotidiano, aunque habrá que reconocer que, en nuestro afán de incorporarlo al apasionante mundo de la cultura, quizás incurrimos en algunos excesos, como el día en que, jugando al Martín Pescador le planteamos como opción "¿Boedo o Florida?" y Ariel se fue a su habitación llorando, mientras nos acusaba a grito pelado de ser unos deconstructivistas desconsiderados.

c) Varios de mis amigos más cercanos son escritores: Es cierto, Ariel se acostumbró a tener trato doméstico con gente de letras y eso le permitió comprender que -a diferencia de lo que establece el generalizado preconcepto que tiene la gente sobre los poetas y novelistas- los escritores no sólo no están todos muertos o viven lejos, sino que respìran como cualquier mortal, hacen cola para pagar los impuestos, estornudan, van a la cancha, cuentan chistes y toman cerveza. Pero tampoco este ángulo diferente de visión resulta explicación suficiente. Es más, teniendo en cuenta la estrafalaria personalidad que caracteriza a varios de mis amigos escritores, me animaría a conjeturar que Ariel se interesó por los libros a pesar de ellos.

d) Tanta insistencia dio sus frutos: Definitivamente, no ha sido ésta la razón. Porque, más allá de alguna exhortación aislada por parte de Marcela -en realidad, más referida al estudio que al hábito de la lectura- o de mis comentarios elogiosos -convenientemente dosificados- acerca de los beneficios de tener un trato familiar con los libros, Ariel no recibió de nuestra parte ninguna incitación explícita a la lectura, ni a través de grandilocuentes discursos ("Hijo mío, los libros son los ladrillos con los que se edifica el palacio de la sabiduría"), ni a través de refinados sobornos ("Por cada cuento que leas, te vamos a comprar un alfajor de los que a vos te gustan"), ni a través de la manipulación psicológica, ya sea mediante el miedo ("A los niños que no leen, se los come el Cuco"), la culpa ("Los padres de los niños que no leen se enferman y se mueren jóvenes; vos no querrás cargar sobre tus espaldas con dos homicidios, ¿no?") o la mentira ("¿Sabías que está comprobado científicamente que hay una relación directa entre la ausencia de lectura y el crecimiento desmesurado de las orejas?"). Ignoro si se trató de exceso de confianza en el ejemplo o si fue una negligencia que salió bien, pero aunque suene extraño, jamás salió de mi boca la frase "Ariel, tenés que leer".

CONTINUARÁ
Próximo capítulo: Pedagogía II (2da parte)

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