CRÓNICA POR ENTREGAS

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martes, 9 de noviembre de 2010

14- ¿Qué ves cuando me ves?

En cierto sentido, la tarea de educar a un hijo se parece al trabajo de un escritor. Movido por el deseo de transmitir al lector determinados mensajes y emociones, el escritor trata de resaltar en su texto la importancia de una frase, una idea o un personaje que a él le parecen trascendentes, aquejado siempre por el temor de que los ojos del lector resbalen por esas líneas sin prestarle la debida atención o sin asignarle el mismo valor que él les ha conferido al escribirlas. Del mismo modo, los padres acostumbran subrayar a sus hijos, una y otra vez, determinadas pautas y valores que desean transmitirles, preocupados ante la posibilidad no sólo de que aquellos no les den la importancia adecuada, sino de que -¡horror de los horrores!- terminen adoptando exactamente la conducta opuesta a la impartida como correcta.

Por supuesto, la cantidad de variantes que pueden presentarse respecto del rubro "pautas y valores" es tan amplia como vastos son los matices de la naturaleza humana. "Nene, lo único que te pido es que seas una persona de bien", "Nene, si te hacés de River te desheredo", "Nene, tenés que luchar por una sociedad más justa", "Nene, si me salís gay te mato", "Nene, tenés que tener un título universitario", "Nene, para triunfar en la vida tenés que pisarle la cabeza a todo el mundo", "Nene, cualquier cosa menos artista".

Insisto: la gama de bajadas de línea es amplísima, casi infinita. Sin embargo, hay dos elementos que identifican a todas ellas: uno es la alevosa falta de sutileza con que son perpetradas; el otro es el rol preeminente que, para consumarlas, los progenitores suelen otorgarle a las palabras.

A mí discúlpenme pero, quizás justamente porque trabajo con palabras, he aprendido a desconfiar de ellas, de su real eficacia a la hora de permitir la comunicación humana. Sermones aleccionadores, retos airados, latiguillos ametrallados a repetición, no son garantía de que los mensajes expresados por esos medios lleguen a buen puerto. Sin ir más lejos, todos hemos sido debida e insistentemente notificados de que Dios no quiere que matemos ni que robemos, y vean ustedes el desastre que una buena parte de sus hijos vive provocando en el mundo (y ni hablar de lo que pasa con aquello de "no desearás la mujer de tu prójimo"...).
No estoy diciendo con esto que a los hijos no haya que bajarles líneas para guiar su comportamiento, ni que haya que desechar por completo los discursos como medio de adoctrinamiento ético. Digo que, por lo general, la preocupación de los padres por la real eficacia de sus prédicas es tan exagerada como inútil. A los niños les quedan más cosas claras de las que nosotros creemos; ellos nos observan, nos evalúan y nos juzgan. Y frente a lo que ellos perciben a diario, no hay discurso en contrario que valga. Ni discurso a favor que posea tanta fuerza como los hechos.

Y es que lo más trascendente no se transmite por vía oral. Si lo esencial es invisible a los ojos, también es indecible a la boca (perdón, Antoine). No es por nuestras encendidas arengas que nuestros hijos van a respetar y reproducir nuestros principios. Ni siquiera por nuestras acciones extraordinarias. Lo que marca a un niño para siempre (pensemos, sino, en nuestra propia infancia) son determinados gestos o actitudes puntuales de sus mayores, y no precisamente aquellos que son fruto de una conducta reflexiva, deliberada, sino más bien todo lo contrario: esos momentos en que simplemente -¿simplemente?- los adultos somos como somos, sin pensar que también en ese instante estamos transmitiendo un mensaje fundamental, mudo pero tal vez más contundente y decisivo que aquel que se edifica -casi siempre, torpemente- con palabras recalcadas hasta el cansancio.

Cientos de veces a lo largo de la infancia de Ariel me pregunté cuál sería ese gesto mío, esa frase pronunciada por mi boca que habría de marcarlo para siempre, cuál sería el momento compartido que guardará toda su vida con especial cariño, cuál de mis actitudes le serviría de referencia ineludible a la hora de tomar sus propias decisiones adultas. La respuesta, por supuesto, sólo la posee Ariel. Seguramente me sorprendería conocerla.

Como podrán darse cuenta, esta particular manera de ver las cosas, sumada a mi arraigada neurosis, me ha conducido a no pocos conflictos internos. Porque, siguiendo este criterio, se arriba a una conclusión tan elemental como terrible: así como, sin darnos cuenta, podemos transmitir lo bueno de nosotros, del mismo modo podemos hacerlo con lo malo (es más, puede suceder que caigamos en lo segundo convencidos de estar haciendo lo primero).

Dicho en otras palabras: todo lo que digamos o hagamos frente a un niño, aún aquello que nos parece insignificante, puede acarrear consecuencias irreversibles. Bien pensado, es como para poner los pelos de punta (tanto a adultos como a niños). Sobre todo, porque en estos asuntos uno anda siempre caminando a tientas. Como bien señaló Antonio Porchia, uno sabe lo que ha dado, pero nunca sabe lo que el otro ha recibido. ¿Cómo saber cuál es la auténtica imagen que nuestros hijos se llevan de nosotros, qué es lo que ven cuando nos ven?

Por las dudas, tendríamos que estar preparados para lo peor. Hace años, nos reíamos cuando Mafalda, luego de observar a sus padres exclamaba alarmada: "¡Dios mío, estamos en manos de unos improvisados!".

Pues bien, asumámoslo de una buena vez: ahora esos improvisados somos nosotros.

CONTINUARÁ
Próximo capítulo: Una familia tipo (tipo ensamblada...)

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